Por Eugenia Bruno*
Todo comenzó a raíz de un interrogante sobre la práctica en la clínica lacaniana. Quise saber cómo orientaba Lacan sus tratamientos; específicamente quise conocer cómo escuchaba a sus pacientes.
Investigando, me topé con un hallazgo revelador: su tesis de doctorado, De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, publicada en 1932. En ella se detalla el tratamiento que durante un año y medio brindó a Aimée, una enferma internada en el Hospital Sainte-Anne. Años más tarde, evocando aquel lugar, Lacan señalaría que quienes habitan tras los muros son capaces de hacerse oír, “a condición de que haya orejas apropiadas”[1].

Recordemos el esfuerzo incesante de Aimée por hacerse un lugar en el Otro a través de su escritura delirante. Ella estaba convencida de que la publicación de sus novelas ahuyentaría a sus enemigos. De ahí su inmensa decepción y violenta reacción cuando sus escritos son rechazados de manera incansable. Arrasada, caída del lugar del Otro, se desencadena el pasaje al acto. Comete el atentado y es conducida a la cárcel.
Veinticinco días después ingresa al hospital y se produce el encuentro con Lacan. En una experiencia que va más allá del gusto poético, el joven psiquiatra alienta su escritura, le pide que le cuente su historia por escrito y se vuelve el lector vivo de sus cartas. Allí se verifica, en acto, la presencia del deseo del analista. Se apasiona por sus producciones literarias dirigidas al Príncipe de Gales, las cuales aportan un valor clínico excepcional porque permiten captar en vivo los rasgos de su personalidad, sus complejos y las imágenes mentales que la habitan.
Lacan publica partes de esas novelas en su tesis y es así que gracias a su lectura estos textos se vivifican, en lugar de exhibirse como monumentos del pasado. Al volverse depositario de sus escritos, se vuelve también un lugar al cual dirigirse y editor de la obra[2].
Por ejemplo, Lacan expone un fragmento escrito por Aimée que ilustra una escena de pura angustia:
“el arroyo corre, se enfría sobre el pómulo, va a refrescar el lóbulo de la oreja, moja el cuello, en seguida es una cascada, oigo su caída sobre el paño, el ruido llena la habitación. El silencio es horrible, muerde, es un perro rabioso, no se le oye venir, pero su paso es maldito, el recuerdo de un silencio se queda en el alma para perturbarla, ¡adiós los espejismos, las esperanzas![3]”.
El gusto de la escritura le permite a Aimée darle la espalda al estrecho círculo humano donde fracasa, hallando en un lector decidido la posibilidad de compensar su fracaso. Nuestra hipótesis es que, fue precisamente porque Lacan lector acogió – y no rechazó – su obra literaria, fue posible, bajo transferencia, el armado imaginario de una mujer de letras.
Treinta y ocho años más tarde, al nombrar a la “muy impactante Aimée”[4], Lacan señala que su modo de proceder seguía siendo el mismo; aquella atención dedicada al trabajo y al discurso del paciente era algo que no se diferenciaba de lo que hizo durante toda su vida, y recuerda que, precisamente de la mano de Aimée, él se introdujo al psicoanálisis y le rindió homenaje al final de su recorrido.
NOTAS
- Lacan, J., (1972), “Hablo a las paredes”, Mi enseñanza y otras lecciones, Paidós, p. 275.
- Laurent, D. (2005), “Retorno a la tesis de Lacan: el porvenir de Aimée”, En El analista mujer, Tres Haches, p. 169.
- Lacan, J. (1932), De La psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, Siglo Veintiuno Editores.
- Lacan, J. (1970), “Aportes del psicoanálisis a la semiología psiquiátrica”, (exposiciónen el servicio de Daumezon hecha en el anfiteatro Magnan del Hospital Henry Rousselle en el marco de la preparación del Congreso de neurología y psiquiatría de Milán), Extensión 2-3-4, Boletín de la cátedra Psicopatología 1, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación UNLP, Ed. de la Campana, 1994, p. 98.
*Practicante del psicoanálisis. Admisora P.A.U.S.A. Docente UBA. Cartelizante. [email protected]

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