Fernando Molina*
Empecé diseñando espacios desde la arquitectura. Allí aprendí que el orden nunca es solamente una cuestión estética: es una forma de pensar. Cada línea organiza un recorrido, cada vacío construye un significado y cada decisión formal modifica la manera en que habitamos el mundo. Más tarde llegaron los sets de televisión, el cine publicitario y, finalmente, lo audiovisual como territorio definitivo.
Mirándolo hacia atrás, siempre estuve haciendo exactamente lo mismo.
Nunca sentí que cambiara de disciplina. Lo que cambió fue el soporte.

Me atraen las máquinas porque todas escriben. Una cámara fotográfica, un proyector de Super 8, un microscopio, una computadora o un algoritmo no hacen otra cosa que producir una forma particular de lectura del mundo. Yo solamente intento descubrir qué lenguaje aparece cuando esas escrituras comienzan a mezclarse.
Durante años busqué una imagen precisa, controlada, casi arquitectónica. Pero siempre terminaba apareciendo una anomalía. Una fotografía movida. Un error de compresión. Una ecuación que decidía desviarse. Un ruido electrónico. Comprendí entonces que la belleza no estaba en eliminar esos accidentes sino en permitirles participar de la obra.
Pero siempre tuve mala letra…
Escribir sobre un papel me producía una ansiedad difícil de explicar. Sentía que el tiempo avanzaba más rápido que mi mano y que cada palabra quedaba fijada demasiado pronto. En cambio, cuando empecé a trabajar con imágenes en movimiento descubrí otra temporalidad. El loop devolvía el tiempo. Cada repetición abría la posibilidad de corregir, sumar, borrar, superponer y volver a empezar. La imagen dejaba de ser una afirmación para convertirse en una conversación consigo misma.
Desde entonces pienso cada obra como una forma de caligrafía.
No una caligrafía entendida como perfección técnica, sino como la huella que deja una manera de pensar. Mis trazos ya no son de tinta. Son algoritmos, tipografías, geometrías, fotografías, registros callejeros, errores digitales, capas de video y comportamientos generativos que se escriben unos sobre otros hasta producir un idioma nuevo.
La arquitectura sigue estando presente en la estructura. La matemática aparece en los algoritmos. La música organiza el tiempo. La fotografía introduce la imperfección. El azar desarma todo aquello que parecía estable. Entre esas fuerzas intento construir un equilibrio que nunca sea definitivo.
Muchas veces las imágenes se acumulan hasta transformarse en un rumor. Como si cientos de voces hablaran al mismo tiempo en idiomas distintos. Otras veces sucede lo contrario: la superposición desgasta la imagen original y aparecen texturas inesperadas, como una fotocopia de otra fotocopia donde ya no importa el documento inicial sino todo lo que ocurrió durante el proceso.
Con el tiempo entendí que la comunicación perfecta probablemente no exista. Toda imagen necesita un intérprete. Toda lectura es una traducción. Y toda traducción, es ante todo, interpretación…
Hoy mi trabajo consiste en diseñar sistemas abiertos donde el orden convive con el accidente, donde la máquina comparte decisiones con el azar y donde la tecnología no busca reemplazar el gesto humano sino amplificarlo.
Sigo creyendo que cada obra es un texto. Solo cambié el alfabeto con el que escribo.
* IG @fermolinabrac

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